Guillermo García, director musical: “La partitura es una punta de iceberg que recorro a la inversa para preguntarme qué sintió el autor”

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"Me cuesta comprender que no todo el mundo se dedique a la música clásica"

La música clásica ha perdurado a través de los siglos por lo que tiene de puente entre generaciones. Fue Chesterton quien escribió que la tradición es la democracia de los muertos, y es así como este género musical penetra en el horizonte del conocimiento humano hasta el presente universitario.

El director del Teatro de La Zarzuela, Guillermo García Calvo, se siente un privilegiado por poder asomarse a las obras de grandes músicos de la historia y sigue sorprendiéndose porque el planeta no se dedique a la música clásica. Bromea suponiendo que esta actividad fantástica es un secreto para que no sean demasiados.

Entrevista íntegra realizada por el Instituto Razón Abierta, en colaboración con la productora Logosfera del grupo Mirada 21

Vocación de líder

La historia de Guillermo empieza a los 7 años delante de un piano. Desde entonces ha dirigido orquestas en sitios tan importantes como Londres, Berlín, Florencia y en España en varias ciudades. Llega a este nivel de carrera profesional con el Premio Ópera XXI a mejor dirección musical y con una formación humanística que pasa por el puro placer de estudiar. Sus padres lo apuntaron a un pequeño estudio de música de Madrid y sin ninguna pretensión ni objetivos, solo por mero disfrute y curiosidad, llegó a ser quien ahora es. Siempre le ha interesado todo lo relacionado con el humanismo y las letras, en su casa se leía mucho y le encantaba ir a Misa por lo que tenía de espectacular, siente que quizá este disfrute tiene un punto de hedonista, pero así fue como llegó a la dirección, no por el poder ni el reconocimiento, sino por el repertorio operístico que no tenía en ningún otro instrumento.  

“Mi ascensión en la música fue muy natural y sin forzar, no fui consciente ni sigo siéndolo del poder que conlleva

En su recorrido le han acompañado importantes maestros con los que ha aprendido a pensar. La más decisiva fue su profesora Almudena Cano, ya fallecida, quien le animó a salir de España y estudiar en Viena. Considera que fue una “visionaria”, creyó en su talento y le impulsó a dejar el piano como instrumento de concierto abriéndole nuevos horizontes en el extranjero. Lamenta que no haya podido ver los frutos de su enseñanza. Desde el año 97 reside en Viena, su mujer es austríaca y sus dos niños son vieneses, por lo que compagina las dos culturas y los dos idiomas.  

Orquesta de mirada abierta

La misión universitaria de Razón Abierta a la hora de buscar la unidad del saber le lleva a hablar de la integración del conjunto de la orquesta. A su juicio, esta es un reflejo de la sociedad y de la necesidad del ser humano de formar una comunidad. El solista es la excepción. Y como director busca coordinar el grupo igual que si pudiera dar a un botón y crear una armonía. Incluso al hacer ópera, zarzuela o ballet, donde entra en juego el escenario y el equipo técnico, el arte es aún más total.  Se conecta con la infancia y disfruta en primera fila, expresa que “ser director es ser también espectador”.

Confiesa que sigue asombrándose todos los días cuando escucha a la orquesta. De hecho, lleva un mes trabajando en una producción muy compleja, The Magic Opal, y aunque vive el momento previo con muchos nervios, preguntándose por qué está ahí o por qué tiene que hacer eso, cuando empieza a funcionar lo vive como un momento mágico. Todos los días renueva la pasión, en cada dirección de orquesta, y lo considera una suerte enorme porque cada producción es distinta.

“Si no viviera la música con tanta pasión, de forma tan enriquecedora, no seguiría siendo director”

Experiencia de belleza

Para Guillermo García, el filósofo López Quintás, quien conecta la música clásica con la raíz del hombre, es una inspiración. “En la música alcanzar la belleza es algo que no tiene fin”, trabajar en el sonido, afinación, homogeneidad, frase musical, expresión emocional… son retos, y no hay otra actividad en el mundo que requiera tanto sacrificio, pero a la vez que permita optimizar tanto, porque no habrá una versión definitiva: “Nunca llegaremos a la perfección, eso es lo bonito del arte, el poder intentarlo”.

La relación con la belleza es su motivación diaria, porque en el fondo siempre la está buscando: no solo como una cuestión de balances, sino también desde una perspectiva conmovedora, para llegar al público con una belleza sin palabras, desde la sinceridad de las emociones. Se trata de conseguir conectar con la emoción que le produjo al compositor escribir esa música y poder transmitirla con sonido al público.

Dentro del proyecto formativo de la universidad que consiste en despertar a las preguntas, descubrir la verdad y decidir qué cambios efectuar en la vida, el director disfruta, sobre todo, del momento en el que ya no hay palabras y solo conecta con el lenguaje corporal y la mirada.

“En el concierto dejo de ser yo mismo y entro en un estado meditativo, me fusiono con el momento musical y estoy receptivo a abrir la puerta a otra dimensión

Y es que su vida no deja de encerrar cierta complejidad al tener la familia en otro un país y trabajar en dos países más aparte de España: “El momento de hacer música es algo como terapéutico, un bálsamo para mí, me siento después más feliz y optimista”.

La música abre a las preguntas

Como profesor de orquesta se muestra pedagógico y didáctico, le gusta captar el estado de concentración del grupo y es concreto y puntual en las directrices que les marca. Considera que es importante dar con la tecla adecuada para que todos se impliquen y para ello usa algunas metáforas. Por ejemplo, la obra Salomé de Strauss suena siempre muy fuerte, pero quiso hacer ver al grupo que en el libreto original es una joven adolescente y consiguió que la orquesta sonara más ligera y liviana, implicándose emocionalmente: “Encuentro la manera de seducir a la orquesta si me hago previamente las preguntas correctas”.

Precisamente, revela que las preguntas llegan con el estudio de una partitura abstracta que no tiene un texto literario detrás. Entonces se sienta al piano y se pregunta qué quiere el compositor: La partitura es una punta del iceberg emocional del autor, hago un recorrido a la inversa para averiguar qué sintió y lo que significa, la traduzco y luego la explico a la orquesta”.

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