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Tres encuentros con Joseph Ratzinger/Benedicto XVI

Javier Aranguren

He tenido la suerte de estar físicamente ‘con’ el Cardenal Ratzinger en dos ocasiones. La primera fue ‘al margen’, durante los año en que viví en Roma (1992-1995). Un día de pocas clases, como hacía con frecuencia, me acerqué a la Basílica de San Pedro a mirar. Cuando me iba a introducir en los brazos de la plaza vi venir a un pequeño cardenal (sotana, solideo rojo…) que caminaba con una cartera en la mano. Era Ratzinger. Andaba solo, sin los guardaespaldas que se suponen llevan los poderosos de la tierra. Me fijé en cómo dos jóvenes vestidos con camisa clerical (probablemente seminaristas) le salían al encuentro con las sonrisas y aspavientos que otros usan si se topan con una estrella de cine, de fútbol o del espectáculo que sea. El cardenal se paró con ellos, no sé si a firmarles un autógrafo en esos tiempos previos al móvil y al selfie, dejando ver una infinita amabilidad mezclada con timidez, como si prefiriera estar en cualquier parte antes que ser reconocido. Me sonreí. Me pregunté de dónde vendrían expresiones como el panzer-cardenal ante esa delicadeza y humildad. Pero pasé de largo: no quería generar más incomodidad en esa persona que ya por entonces admiraba desde un punto de vista intelectual.

La segunda vez que ‘coincidimos’ fue durante los días de su nombramiento como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra. Quizá era 1995, el año de mi regreso a esa institución. Por un lado, acudí a la ceremonia en la que se le impuso el birrete y el anillo junto a un farmacéutico protestante y a un economista judío. Fue el cardenal quien dio el discurso de agradecimiento y, como siempre, sus palabras fueron brillantes y estuvieron llenas de elegancia. A mí me habían prestado un traje de doctor para acudir al evento. El birrete me venía francamente pequeño y quizá estuve más atento a mi dolor de cabeza que a la solemnidad del acto. Al día siguiente asistí a una tertulia con el nuevo doctor en el Colegio Mayor Belagua, donde se alojaba en la que desde entonces se conoce como ‘la habitación de Benedicto XVI’, remodelada para la ocasión. Fue un encuentro de algo más de una hora al que fuimos convocados profesores jóvenes y doctorandos. En él se trataron los temas que nos interesaban: el sentido de la investigación, la definición de universidad, la responsabilidad como cristianos en nuestra tarea de formadores, etc. Ratzinger hablaba en alemán. Le traducía el profesor Enrique Banús. En un momento dado el mismo cardenal se paró para mirar asombrado a su intérprete: se había dado cuenta de lo que ya habíamos visto todos, esto es, que Banús era capaz de repetir palabra por palabra intervenciones complejas y llenas de distinciones o excursus, y que si el invitado respondía durante ocho minutos y, digamos, veinte segundos, las palabras del traductor tardaban exactamente el mismo tiempo. La cara de asombro del antiguo obispo de Munich despertó las risas del auditorio y su propia sonrisa y su sonrojo.

Son dos encuentros pequeños, ínfimos, pero reveladores. Reveladores de la humildad de quien puede ser definido como el mejor y más respetado intelectual y académico de la segunda mitad del siglo XX. Reveladores también de su simpatía, tímida pero real, y por su espíritu de servicio hacia quienes se acercaban a él o hacia quienes le escuchaban. Por último, en el encuentro de Pamplona, dejó ver su amor a la educación superior, su vocación universitaria, y lo que le gustaba la docencia (¡estuvo tan cómodo con ese grupo de profesores jóvenes!, ¡mantuvo tantos encuentros a lo largo de los tres días que pasó en el campus de Pamplona!). No se puede dudar de lo que hubiera deseado presentar su dimisión  a los 75 para encerrarse a estudiar, a escribir y a tocar el piano, y cómo lo cambio por obedecer a las indicaciones que Dios le daba por medio de las preferencias del papa San Juan Pablo II (quien le pidió que siguiera al frente de la Doctrina de la Fe) y de sus hermanos en el colegio cardenalicio que, guiados por el Espíritu Santo, eligieron al papa teólogo como sucesor del papa filósofo.

El tercer ‘encuentro’ con Benedicto XVI no es físico, sino intelectual. Lo he tenido en la lectura, espero que aprovechada, de buena parte de su ingente producción. Acudiendo a sus publicaciones se aprende lo que significa tener amplitud de horizontes (la temática es variadísima, como refleja el índice de sus Obras Completas o las personas con las que entra en diálogo en sus textos, que pueden ser del mundo de la teología, la filosofía, la literatura, la historia, la política…, ¡la música!). Leyendo a Ratzinger se descubre que la verdad, aunque no siempre sea lo más cómodo y sencillo de decir, no tiene sustitutivo útil, y que debe ir por delante aunque pueda generar inquietud o desconcierto; se aprende también de rigor en el análisis si son textos teológicos, de cuidado en el afecto y el detalle si fueron escritos para la predicación, de capacidad de comunicar, enseñar y formar si pertenecen a cualquiera de sus catequesis como obispo o como sumo pontífice. También, pienso en tantos documentos de la Congregación de la Doctrina de la Fe, se descubre cómo compatibilizar la claridad de la doctrina (que no puede ‘engañarse ni engañarnos’), con la firmeza en su defensa y la caridad en la llamada de atención a los teólogos que al apartarse de ella se alejaban del sentido de su vocación científica y personal.

Mi encuentro de lector con Ratzinger incluye la Introducción al cristianismo, su obra más famosa, en la que demuestra una madurez envidiable a sus cuarenta años, o a una obra magna de teología como Teoría de los principios teológicos o su excelente Escatología; Un canto de alabanza al Señor o Un canto nuevo para el Señor, entre otros maravillosos libros sobre el sentido de la liturgia; las acertadas reflexiones en torno a la Fe, verdad y tolerancia; un libro de meditaciones como Mirar a Cristo o Imágenes de esperanza; la antología de textos Cooperadores de la verdad, con la que resulta tan fácil introducirse en su mundo de intereses; el Informe sobre la fe, la famosa entrevista con Messori que en aquellos años 80 resultó tan inquietante; otras grandes, y largas, entrevistas con Peter Sewald en La sal de la tierra o Dios y el mundo; sus reflexiones sobre cristianismo, política y democracia en Verdad, valor, poder, Una mirada a Europa, Ser cristianos en la era neopagana o en Iglesia, ecumenismo y política; el diálogo que sostuvo con Paolo Flores d’Arcais sobre ¿Dios existe?, etc.

Mi encuentro como lector del Papa Benedicto XVI, que también era el teólogo alemán y el cardenal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue especialmente significativo durante la lectura de su primera encíclica, Deus caritas est, en su trilogía de madurez teológica sobre Jesús de Nazaret, pero especialmente en el estudio de alguno de sus discursos en torno a la importancia de la verdad en el conocimiento, el problema del relativismo dominante (que lleva a la muerte del diálogo y a la violencia), la relación entre la fe y la razón o a la vocación universitaria, como son los que pronunció en los Bernardinos, Ratisbona, Nueva York, en sus encuentros europeos con profesores universitarios, o el que no le dejaron dictar en la Universidad de la Sapienza[1].

Por último, en estos últimos años en los que su discreta y magna vida ha ido apagándose, todavía le dio tiempo a despertarnos de nuevo con su reflexión al publicar en 2019 una breve carta sobre La Iglesia y los abusos sexuales.

Una inteligencia preclara, unida a una existencia de servicio y de cercanía al Señor, en la que la razón no ha sido un obstáculo para la fe, en la que la fe no ha generado ningún miedo a la razón, en la que ha encarnado de manera magistral su noción de razón ampliada, de razón abierta, negándose a renunciar a los grandes temas precisamente por dedicarse al cultivo del conocimiento. Atenas y Jerusalén, el bosque de Academos y el Evangelio, han ido de la mano junto a su testimonio de servicio y santidad.


[1] Hay una selección de ellos en https://www.unav.edu/en/web/instituto-core-curriculum/publicaciones/identidad-y-mision-de-la-universidad/documentos-iae

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