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Pablo L. Raso: «El arte es una experiencia inolvidable que transforma y mejora la vida del ser humano»

El arte no está concebido para ser una disciplina autorreferencial, sino más bien para ser capaz de transformar la propia vida del artista y llevarle a otro lugar con su enseñanza: una experiencia inolvidable que lleva intrínseca la mejora del ser humano.

A través de un breve recorrido por cuatro obras destacadas, el director del Grado de Diseño y Bellas Artes de la UFV, Pablo López Raso, acompaña al espectador a través de las cuatro preguntas de Razón Abierta y explica cuál es el significado de cada una de ellas desde la propuesta que hace el arte.  

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Anónimo (40.000 a.C). El hombre León de Ulm

Es difícil elegir una pieza que hable del hombre en todas sus dimensiones. Pablo López Raso, el director del Grado de Diseño y Bellas Artes de la UFV, cita al catedrático Mc Gregor cuando en su libro “Vivir con los dioses” habla de esta escultura y aclara que “no es tanto lo que representa, sino lo que esconde: el origen mismo del arte”.

Este hombre León se data hace unos 40.000 años y, aunque se conocen pinturas rupestres anteriores, son de animales. Es la primera vez que se representa en la prehistoria a una persona erguida que tiene la atribución de ser león. Lo interesante es la parte diferencial entre el hombre y el animal: su mente simbólica, su capacidad de expresión metafórica, lo cual introduce unas creencias trascendentes que van más allá de sí mismo y hablan del diálogo del hombre con el misterio, ya desde sus inicios.

También se refiere a los atributos de un hombre que vive en una naturaleza hostil y que le gustaría tener poderes: la inteligencia del búho, la visión del águila y el valor del león. Si lo que regía la existencia antiguamente era la supervivencia, ¿cuánto debieron tardar en tallar varias piezas de cuerno de mamut, que es como está formada esta figura, para insinuar el movimiento y conferirle la autoridad de plantarse como un hombre León? 

La pregunta por el hombre pasa por la conciencia de su propia existencia, de su identidad dado que tiene memoria y pasado: “Este hombre León habla de un relato, la narración tiene que ver con los antepasados y la capacidad de imaginar y soñar, proyectarse en el futuro, ser el héroe que debía ser el hombre León”. El arte, aparte de ser inútil, como decía Oscar Wilde, es alimento espiritual, atributo del homo sapiens, gracias al cual se exhibe la inquietud del ser humano por lo trascendente y la representación de lo sagrado. 

Es difícil elegir una pieza que hable del hombre en todas sus dimensiones. Pablo López Raso, el director del Grado de Diseño y Bellas Artes de la UFV, cita al catedrático Mc Gregor cuando en su libro “Vivir con los dioses” habla de esta escultura y aclara que “no es tanto lo que representa, sino lo que esconde: el origen mismo del arte”.

Este hombre León se data hace unos 40.000 años y, aunque se conocen pinturas rupestres anteriores, son de animales. Es la primera vez que se representa en la prehistoria a una persona erguida que tiene la atribución de ser león. Lo interesante es la parte diferencial entre el hombre y el animal: su mente simbólica, su capacidad de expresión metafórica, lo cual introduce unas creencias trascendentes que van más allá de sí mismo y hablan del diálogo del hombre con el misterio, ya desde sus inicios.

También se refiere a los atributos de un hombre que vive en una naturaleza hostil y que le gustaría tener poderes: la inteligencia del búho, la visión del águila y el valor del león. Si lo que regía la existencia antiguamente era la supervivencia, ¿cuánto debieron tardar en tallar varias piezas de cuerno de mamut, que es como está formada esta figura, para insinuar el movimiento y conferirle la autoridad de plantarse como un hombre León? 

La pregunta por el hombre pasa por la conciencia de su propia existencia, de su identidad dado que tiene memoria y pasado: “Este hombre León habla de un relato, la narración tiene que ver con los antepasados y la capacidad de imaginar y soñar, proyectarse en el futuro, ser el héroe que debía ser el hombre León”. El arte, aparte de ser inútil, como decía Oscar Wilde, es alimento espiritual, atributo del homo sapiens, gracias al cual se exhibe la inquietud del ser humano por lo trascendente y la representación de lo sagrado. 

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Ilya y Emilia KABAKOV (1984). El hombre que voló al espacio desde su apartamento

Se trata de una obra de arte conceptual y una manifestación del mundo grupal, que se entiende por su contexto. El autor ucraniano y su mujer saben ser testigos de una época, en la que, a través de una instalación con un formato muy contemporáneo sin soporte físico, fabrican un ambiente para que el espectador se impregne de una experiencia y saque una idea o conclusión en su propia conciencia.

Pablo L. Raso argumenta que es una “situación disparatada”. Kabakov era ciudadano soviético que vivió bajo la dictadura comunista, por eso, la reflexión de la verdad tiene encaje con la de la propia libertad, ya que adecuarse a la realidad es el encuentro con la verdad. En aquel sistema totalitario, creador de ficción y falsas utopías, aspiraba al conocimiento cierto, sin engaños.

“Su obra sorprende porque el asiento con gomas recuerda a los inventos del Coyote en aquellos dibujos del Correcaminos”, bromea el director del Grado. Así, una persona que está sometida a la represión de sus ideas por parte de un sistema antidemocrático recrea un apartamento mínimo, forra las paredes de propaganda inmersiva y amenazante, y transmite el orgullo de la URSS por conquistar el espacio con el Sputnik: “Vivían en una gran mentira porque era un país donde las personas vivían con lo justo, sin lujos, en modo supervivencia y el autor trata de escapar de la realidad de manera surrealista y ridícula”.

De hecho, el subtítulo es: “Todavía no se lo ha encontrado”. En definitiva, refleja el sueño cualquier disidente y se puede ver el arte como un método de denuncia de la falsedad: “En esta ironía hay mucha verdad”, remarca el docente.

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Marc CHAGALL (1918). Sobrevolando la ciudad 

La pregunta ética es la pregunta sobre el bien, como aspiración natural del ser humano, más allá de que las circunstancias de la vida marquen otros derroteros que alejen de ese ideal y generen justificaciones. El profesor López Raso entiende que Chagall es un modelo, no solo por su obra, sino por su actitud ética en su trabajo y existencia.

Es un artista dentro de las vanguardias de París, “un verso suelto”, a quien los surrealistas lo aceptarán como antecedente. Es judío dentro de la Rusia zarista que vivió la Revolución Bolchevique, vivió concentrado en guetos, sin embargo, amó la vida y aspiró a la felicidad en medio de las persecuciones injustas. Lo más impactante es que cuando estaba en París visitando a su novia, con la que sale autorretratado volando, estalla la Primera Guerra Mundial, y se tuvo que quedar ahí. Tiene la suerte de reunirse con su amada, pero se corta su progresión artística.

En esta obra refleja metafóricamente la felicidad de la persona, la del artista, por vivir el amor. Le interesa el mundo de las fábulas, cuentos y leyendas, y se monta un mundo mítico a su medida en que surca los aires dentro de un estado de enamoramiento, que representa de manera literal.

Tiene que ver con el bien porque expresa la comprensión de un mundo que siempre es una oportunidad y bueno intrínsecamente. Cuando sube al poder Hitler que le provoca una nueva huida a EEUU, sigue apostando por una obra llena de amor y esperanza, devolviendo bien ante tanto odio y compartiendo la donación con la persona que más quiere.

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Paul GAUGUIN (1897-98). ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?

La imagen habla del sentido de la vida de Gauguin y del sentido de la vida de cualquier ser humano. Según el director López Raso, este autor no es, precisamente, ningún ejemplo de ética, más bien solo le interesó su prosperidad. Era corredor de Bolsa en París y decidió irse a pintar con sus amigos impresionistas, abandonando a su mujer y sus hijos. Paradójicamente, se dedicó a buscar el sentimiento puro del mundo primitivo, sin el veneno del interés material.

El cuadro lo hace al final de sus días, tras muchos viajes y una vida de vicios, obsesionado por las colonias oceánicas de Francia. En Tahití hizo de su trayectoria una búsqueda del placer, de hecho, es famoso por tener relaciones con mujeres menores de edad y transmitir la sífilis. Pero en este caso Tolkien hizo una reflexión sobre él que a Pablo López Raso también convence, y es que, aunque en su vida fuera muy canalla, en esa obra tan espectacular y de tanta calidad es donde está la región incorrupta de esa persona.

Lo cierto es que pinta el mural después de una mala experiencia: cuando vuelve a París con fama de artista, no tuvo el éxito esperado. Se arruinó aún más, le entraron los remordimientos, se enteró de la muerte de una hija, padeció diversas enfermedades (entre ellas, de hígado por la bebida) y cayó en una fuerte depresión. Unos amigos le animaron para volver a Tahití, pero cuando llegó intentó suicidarse.

La imagen, sobre tela de arpillera (de saco de patatas), transmite un momento de lucidez en el que se hace la gran pregunta: en qué consiste la vida y qué objetivo tiene. Esta obra es un testamento vital que recoge en qué consiste la vida. La narración va de derecha a izquierda: desde el nacimiento, pasando por la plenitud del fruto, las relaciones sociales, el totem trascendente, hasta la momia que representa el final del camino. El anciano y enfermo Gauguin entiende finalmente el sentido de la vida, que él no le ha dado

 

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