Benedicto XVI. Verano de 2011

Cecilia Font

Me piden que escriba que ha significado Benedicto XVI en mi carrera profesional, qué difícil, es lo primero que me viene a la cabeza. Pero a medida que trato de ordenar mis ideas voy siendo consciente de lo bonito que es este encargo que me permite reflexionar con calma y tomar conciencia de lo que realmente ha influido en el curso de mi vida académica.

Inmediatamente esta reflexión me hace retroceder al verano de 2011, cuando Benedicto XVI visitó Madrid con motivo de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Tengo que confesar que, aunque esperaba la Jornada con la misma emoción de otras veces, yo ya no era tan joven. Mi situación académica también había cambiado y aunque me sentía, y creo que aún hoy a veces me sigo sintiendo, como uno de ellos, lo cierto es que ya no formaba parte del grupo de jóvenes estudiantes que recibió al Papa. Hacía tiempo que yo no me sentaba con ellos en el aula sino que los veía con otra perspectiva desde la pizarra. Pero la vida tiene sus compensaciones y hacerse mayor también tiene sus ventajas y gracias a mi “madurez” tuve la inmensa suerte de participar en el maravilloso encuentro que el Papa mantuvo en el Real Monasterio de el Escorial con jóvenes profesores.

A menudo siento nostalgia de mis años de Universidad. Echo de menos aquellas interminables horas pasadas en esos incómodos pupitres de madera cuando toda mi responsabilidad se limitaba a escuchar. Escuchar y tomar apuntes a velocidad de vértigo, disfrutando de las lecciones a medida que se iba despertando dentro de mí un interés creciente por determinadas materias concretas. Recuerdo, como si fuera ayer, las magistrales lecciones de inolvidables maestros que tanto me enseñaron. Durante mis estudios de licenciatura y postgrado he tenido la gran fortuna de ser alumna de profesores de la talla de don Rafael Rubio de Urquía, don Pedro Tedde, don Pedro Schwartz, don Felipe Ruiz Martín o don Salvador Antuñano. Grandes maestros inspiradores de cuyas clases salías, como solía decir el profesor Schwartz: “con la cabeza caliente y los pies fríos”. En definitiva, con muchas ganas de aprender más. Clases que te hacían desear ser siempre joven y alumna y que el tiempo de formación no terminara nunca.

Y aunque tengo que reconocer que mi nuevo puesto en el aula también tiene ventajas y cambiar de perspectiva me divirtió, desde el primer momento fui consciente de la magnitud de la responsabilidad adquirida. Rápidamente comprendí que no es lo mismo escuchar que hablar y que desde luego no es lo mismo hablar que inspirar. Inspirar, como me inspiraron mis maestros, no es, en modo alguno, tarea fácil.

Las inolvidables palabras que Benedicto XVI nos dirigió en el Escorial a los jóvenes profesores, me ayudaron a descubrir el verdadero alcance y la grandeza de la misión que yo desde el principio vislumbraba. Recuerdo la emoción que sentí al escuchar las palabras del Santo Padre, al descubrir en toda su plenitud la profundidad de su propuesta académica. Recuerdo, de nuevo como si fuera ayer, lo caliente que estaba mi cabeza al salir del Monasterio y la urgencia que sentí por comenzar el nuevo curso académico y poner en práctica sus enseñanzas. Recordé a los maestros que me habían hecho participar plenamente de la vida académica que planteaba Benedicto y deseé con todas mis fuerzas parecerme a ellos. Quise formar parte de esa Universidad, Universidad con mayúscula, sin “ideologías cerradas al diálogo racional”[1] que proponía Benedicto. Quise formar parte de la Universidad en la que, como explicó el sabio Papa: “se busca la verdad propia de la persona humana”. Y acogí con entusiasmo el “honor y responsabilidad” que conllevan la tarea que nos propuso el santo Padre: “transmitir ese ideal universitario: un ideal que habéis recibido de vuestros mayores”. Ciertamente yo lo había recibido de mis queridos maestros y estaba, y estoy, dispuesta a transmitirlo.

Cómo digo, el primer día que cambié de puesto en el aula intuí mi responsabilidad en la formación de los alumnos. El encuentro de Benedicto XVI con los jóvenes profesores me ayudó a concretar esa intuición y comprender en toda su extensión la grandeza de mi misión. Mi puesto en el aula no se limita a contribuir a la formación de profesionales competentes, mi misión es mucho más completa y profunda, supone, como expuso magistralmente mi querido Papa en aquella preciosa mañana de agosto, guiar a los jóvenes en su búsqueda “de la verdad propia de la persona humana” y para ello es necesario quererles y comprenderles, con el objeto de “suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo”.

Suscitar en los jóvenes esa sed de verdad no es fácil, y es que, como expuso Benedicto XVI, “el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe” y ese camino intelectual y docente requiere de la humildad, como virtud indispensable que permita avanzar en el diálogo interdisciplinar que conduce a la verdad. Como recordó el Papa con cariño “Esta alta aspiración es la más alta que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente”. Definitivamente no es tarea fácil, pero es una tarea apasionante que yo asumí conscientemente durante ese discurso.

Ha pasado mucho tiempo de ese verano, pero ese encuentro y esas palabras aún resuenan en mi memoria. Ese discurso marcó el rumbo de mi vida académica. Descubrí la envergadura de la misión y fui consciente de la maravillosa responsabilidad que guiar a los alumnos en su búsqueda de la Verdad supone.

No se si seré capaz de no defraudar a mis alumnos en mi tarea. Por mi parte pongo todo mi empeño en ello, con la ilusión de algún día estar al nivel de mis maestros, con la ilusión de alcanzar la ejemplaridad y coherencia de vida y pensamiento que el Papa nos propuso. Para conseguirlo acogí su invitación, que trato de renovar a diario antes de cada clase, de “volver siempre la mirada a Cristo”. Con la certeza que me transmitió el Santo Padre de que “Arraigada en Él, seré buena guía de nuestros jóvenes”.

¡Gracias Benedicto XVI! ¡Gracias Maestro!


[1] Discurso del Santo Padre Benedicto XVI. Encuentro con los profesores universitarios. 19 de agosto de 2011. Todas las referencias del texto pertenecen a este discurso.

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